martes, 6 de diciembre de 2016

Lola y Manuel

Veintidós años. Ayer cumplió veintidós años. El resto de hermanas le hicieron una tarta para celebrarlo, una de esas que tanto le gustan a ella, de las de Santiago, con sus almendras y su azuquitar por encima. Y su cruz, siempre su cruz. Se tenía que notar que estaban en un convento.

Dolores repasó su vida.                                                                                    

Al principio las monjas le dejaban jugar con otros niños del barrio, recordaba jugar al balón prisionero en la plaza del barrio y llegar al convento con las rodillas peladas. Recordaba los helados de las tardes de verano y las galletas que robaban de las cocinas del convento ella y su amiga Julia, y cómo el resto de hermanas nunca se daban cuenta  de que faltaban unas cuantas en el tarro.

Creció.

 Y dejó de ver a Julia y de jugar en la calle, porque las monjas de clausura  (que era lo que tenía que ser ella ahora)  no podían tener amigas ni jugar al balón prisionero. Así se lo explicaron cuando cumplió los doce años. Y ella lo entendió. Porque las monjas la habían criado cuando  su madre la abandonó en la calle y no habían dejado que se muriese de frío y de hambre, y ahora se lo debía a ellas, que no la habían estado alimentando para nada. A ellas y a Dios.

Así se lo explicaron a Dolores. Y así ella lo entendió.

Pero Dolores, que ayer cumplió veintidós años, hoy no entiende por qué le debe su vida a nadie, por muchas galletas que hubiese robado de niña. Y no entiende por qué a Dios le gusta que esté encerrada, pasándose la vida entre pasteles y rezos, cuando ella lo que quiere es estar ahí fuera, donde la gente es libre, paseando calle arriba y calle abajo hasta que le duelan los pies.

Las campanas llaman a misa de doce.

Y Dolores abre la puerta y corre. Sin pensárselo dos veces, sin cambiarse el hábito. Dolores sale corriendo calle abajo. Corre libre bajo la lluvia.

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Por su mala cabeza. Por su mala cabeza llevaba quince años metido en una jaula. Y lo repetía. “¡Por mi mala cabeza, mi madre!”. Lo repetía gritando en su celda noche tras día y día tras noche. 

Cuando Manuel tenía trece años comenzó a ser jornalero en unos olivares de un pueblo de Jaén. Se levantaba todos los días al alba y se iba a recoger la aceituna, olivo tras olivo vareaba las ramas, y luego se agachaba para recoger el fruto. Llegaba a su casa cuando se ponía el Sol, satisfecho y cansado, deseando coger su guitarra como cada noche, para tocar en familia y ver a su hermana Lucía bailar.

A él le gustaba la escuela, de veras que le gustaba. Don Fernando siempre decía que era el mejor de la clase, y que si seguía trabajando así llegaría todo lo lejos que quisiera. Y Manuel se esforzaba más y más en estudiar cada vez que Don Fernando se lo decía.

Pero su padre falleció. Y en casa eran siete. Y él era el mayor. Con siete bocas que alimentar, no hubo nada que decirle a Manuel, claro que no. Él entendió.  Y se fue al olivar.

Cuando Manuel llevaba ya dos años trabajando en el olivar, harto de ver las estrecheces que pasaba su  familia, y  de ver como su madre se iba quitando cada vez más comida del propio plato para dársela a sus hijos, decidió participar en el asalto al cortijo del patrón. A decir verdad, decidió organizar el asalto al cortijo del patrón. No cayó en la cuenta Manuel de que uno de los asaltantes colaboraba con el enemigo. Cuando llegaron al cortijo, la guardia civil les estaba esperando dispuesta a arrestarles.

El patrón le acusó de haber estado robando durante los dos años que estuvo trabajando las tierras, no sé cuántas mil pesetas dijo el muy canalla que Manuel había robado, y eso que Manuel nunca había cogido ni una aceituna que no fuese suya.  Poco se puede hacer en un país en el que la justicia y los favores juegan del bando del que más billetes tiene.

Y así fue como Manuel llegó a la cárcel de Sevilla. Por su mala cabeza.

Pero hoy sale Manuel. Hoy le dan la libertad, tras quince años encerrado, apaleado y vejado, pasando calamidades que ni si quiera se atreve a contar, desprovisto de su dignidad, hoy sale Manuel. Y le darán su guitarra. ¿Y si se le ha olvidado cómo tocarla? Pues ya aprenderá otra vez. Hoy sale Manuel y tocará su guitarra en un portalillo mientras se imagina que su hermana Lucía baila. Igual hasta se ha casado su hermana Lucía.

         - A ver, el Lolo, que hoy te damos boleto. ¿Llevas tus cosas?— vocifera el guarda.


-                -  Me falta la guitarra señor.
-                  - ¡Va a estar buena la guitarra después de quince años! Cómo no la quieras para hacer una hoguera …- se aleja y le grita a su compañero- ¿Está por ahí la guitarra de este?

Y le dan la guitarra a Manuel.

El reloj de pulsera del guarda marca las doce. Se abren las puertas y sale. Le recibe la lluvia.

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Estaba fumándose el primer cigarro de su recién estrenada libertad cuando la vio. Al principio sólo era una mancha blanca en la lejanía, pero a medida que se acercaba corriendo la mancha blanca se convirtió en una muchacha. Una muchacha vestida de monja, eso sí. Llevaba un hábito blanco que le llegaba hasta los pies y una tela negra en la mano que de tan mojada ya era inservible y que Manuel supuso que había hecho las funciones de velo. Le colgaba un crucifijo del cuello. Llegó al soportal en el que se encontraba Manuel.

-Pero chiquilla, ¿dónde vas de esa guisa?—le preguntó Manuel – Anda  y pásate aquí a resguardarte que vas a pillar una pulmonía.

Dolores le miró. Era el primer hombre que le hablaba en su vida. El primero que le llamaba chiquilla.
 
-          ¿Y a usted qué le importa dónde voy yo?—No, no se iba a dejar camelar.

-          ¡Cuchi, la monja! Más te vale que cuando hables con Dios seas más amable porque si no mal futuro te espera niña—Le dio una calada a su cigarro – A mí ya ves tú que más me da... Con la poca gracia que me hace a mí el clero…

Dolores entró al portal a regañadientes.

-          Me llamo Dolores.

-          Pues muy buenas tardes Dolores, yo soy Manuel.

Se quedaron en silencio los dos durante un rato. Mirándose ambos por el rabillo del ojo y sin saber muy bien que decir.

-          ¿Y esa guitarra? ¿Sabes tocar?

-          Sabía. No sé si me acordaré mucho, pero más me vale aprender pronto—Manuel hizo una pausa, no sabía si quizá era revelar demasiado a su compañera de soportal, que le miraba sin entender sus últimas palabras. Al fin se decidió—Ahora mismito acabo de salir de la cárcel niña, pero no te asustes, que no hago na’. Me llevaron preso por una cosa que yo no había hecho. No me pongas esa cara que de verdad que no lo hice, te lo juro por tu amigo el que está en lo alto. El caso es que ahora no sé cómo me voy a ganar la vida, y había pensado que podía tocar en la calle hasta que me ahorre unas perrillas para volver a mi tierra.

Dolores asintió con la cabeza.

-          Bueno, ¿Y tú qué?—preguntó Manuel—Porque no es muy normal que una monja vaya corriendo calle abajo con la que está cayendo.

-          Me he escapado. Las monjas me encontraron cuando era un bebe, y como me cuidaron y yo no tenía a nadie más, pues tuve que hacerme monja yo también. —contestó Dolores—Yo nunca quise ser monja.

 Manuel rió al principio para quedarse pensativo después.

-          Hay unas cárceles más bonitas que otras, niña.

Siguió pensando un momento, miró a Lola. Si, algo apañarían.

-          Oye niña, ¿tú no sabrás bailar flamenco?

-          Pues claro que no. ¿O es que te parece a ti que un convento es lugar para aprender a menear las caderas?

 Era descarada.

Manuel la volvió a mirar. Tenía el pelo rizado y negro, oscuro como el tizón, la piel aceituna y los ojos negros, muy negros, chispeantes, y una nariz prominente. Era gitana. Como él. Y si era gitana tenía arte, tenía la pasión de su etnia corriéndole como un torbellino por su sangre. Algo sabría hacer la chiquilla. Si, era gitana con arte.

-          ¿Y cantar?

-          Cantar si, los salmos.

-          ¿Pero qué salmos ni que niño muerto, chiquilla? A ti te enseño yo unos fandanguillos y unas bulerías y en dos semanas nos hacemos de oro. ¡Mira que ser de Sevilla y no saber cantar más que salmos!¡ De dónde vengo yo te tenían que mandar a ti!—Dolores se rió—Ahora eso sí, te tenemos que cambiar el nombre, ¡Cuidao’ con las monjas vaya nombre feo te pusieron! – Manuel calló de repente y se puso colorado—Si te apetece claro, que si a ti te gusta Dolores pues Dolores se queda.

Así fue cómo Dolores pasó a llamarse Lola, y cómo aprendió  a cantar fandangos, bulerías y soleás.

Manuel pudo comprobar que aún sabía tocar la guitarra, y que no se había equivocado al intuir que Lola tenía el arte de los gitanos en lo más profundo de sus entrañas, y Lola nunca más volvió a cantar un salmo. No desde que había aprendido a cantar una música que le emocionaba de verdad.

Tocaban mañanas y tardes, recorriendo todas las calles de Sevilla. Manuel acariciaba la guitarra con sus dedos, y Lola palmeaba y cerraba los ojos mientras cantaba dejándose llevar. A veces hasta incluso se arrancaba a bailar.

Y por las noches se emborrachaban los dos. El dinero del día se lo gastaban en  conseguir una cama en una pensión, y con lo que sobraba se pedían siempre vino, mucho vino, y un plato de jamón.

Y brindaban siempre. Brindaban libres, mirando desde lo lejos, burlones, esas cárceles que un día dejaron atrás. 

domingo, 31 de julio de 2016

Domingos

Te fuiste un domingo, un domingo por la tarde. Aún recuerdo tu cara mojada  diciéndome adiós, tu maleta saliendo por la puerta en un giro tímido, atascándose, queriéndose quedar. Como tú. Que también te querías quedar. Pero no podías ya. 

Te fuiste un domingo fatídico y de nada sirvió que te siguiese. De nada sirvió decirte que cambiaría, que no lo volvería a hacer más, que dejaría de salir, que dejaría de beber, que dejaría de llegar borracho a casa oliendo a perfume de mujer. 

Me mirabas con tu alma, penetrando hasta el fondo de la mía. Vi decepción, hartazgo, impotencia, rabia. Vi amor. Y vi liberación. Ni una pizca de miedo, el miedo sólo salía de mis ojos. Lo gritaban los poros de mi piel. 

Te marchaste un domingo por la tarde, uno de esos como los que solíamos pasar encargando comida basura y jugando entre las sábanas hasta saciarnos el uno del otro. Un domingo de esos de tomar un vino en el sofá. De esos que se nos habían acabado desde hacía tiempo y que fueron sustituidos por gritos, enfados y jarrones volando que acababan estampados contra la pared. 

Ahora no se qué haces los domingos. No sé si pides comida basura, o si juegas entre las sábanas con otro que no soy yo. A lo mejor los domingos aún piensas en mí. A lo mejor hoy, que es domingo, tu también te acuerdas de lo cretino que fui.

Seguro que ya no vuelan jarrones. Seguro que ya eres feliz.


viernes, 8 de julio de 2016

Esto no es un relato

Esto que voy a escribir  no es un relato, y sin embargo es algo que me es inevitable contar.

Hace algo más de dos meses llegué a Granada con una mochila que iba cargada hasta los topes. Era una mochila cargada de ganas, si,  pero también cargada de miedos, de dudas, de pasado, de incertidumbre y de sombras. Y el peso de esa mochila, era más que insostenible.

En estos dos meses he llorado, he reído, me he emocionado, me he sentido sola en unos momentos y tremendamente acogida en otros. Me he perdido para encontrarme, para enfrentarme a mí misma y llamarme por mi nombre. He encarado mis miedos y he descubierto otros nuevos en los que nunca había reparado.

He mirado a los ojos a mis privilegios de clase, y me han devuelto una mirada llena de escozor.

Mañana madrugo para volver a casa y lo cierto es que me muero de ganas. Es hora de hacer el equipaje y volver a llenar esa mochila, que mucho me temo que va a pesar muchísimo más en este viaje. Va tan repleta de cosas, que no si podré con ella.

Me llevo seguridad y confianza. Sentirme capaz. Me llevo la hospitalidad de Ana Carmen, de Pilar, de Almu y de Eva. Me llevo los nervios del primer día, el no saber si vas a hacerlo bien, el pensar “estos niños a mí me superan”, y el descubrir al final que no, que no te superaban.

Me llevo esa sonrisa con los ojos que compartí con Ana el primer día, el dibujo de Isabel, el día que Reme me cogió del brazo para hablar de la pubertad. La risa sonora de Ángel cuando le conté aquel chiste, el día que hicimos su diario juntos.  Me llevo el día que fuimos a las colchonetas, masticar la peculiaridad de unos niños que no podían ser otra cosa que ellos mismos, el día que Diego se agarró de mi brazo para no soltarse. Me llevo a Gloria, enterita. La fiesta del cole. El día que consolé la angustia de Leti. Bailar con Ainhoa. Jugar al futbolín. La conciencia social de Roberto y el día que le regaló a Leti una flor con forma de corazón. Picarme aprendiendo las capitales con Adrián, la timidez de Antonio, los interrogatorios de Óscar, la zalamería de Pablo. La bondad de Pedro. El día que pintamos el mural. Jugar a la oca con Luís. Maehtra. El buen rollo trabajando de Víctor, el cariño de Michel, la cercanía de Juanma. Los juegos de agua.

Me llevo el Albayzin, su olor y sus rincones, sus calles empedradas, sus flores y terrazas. El choque de culturas y esa guitarra perenne que no para de sonar. Me llevo la Alhambra grabada en la retina.

Acabar de cervezas con completos desconocidos que encontraste en una plaza diez minutos antes. Cerveza, cerveza y más cerveza, incluida esta última que me tomo al escribir estas líneas. Escribir en cualquier rincón.

Amigos a los que no les importan los kilómetros para venir a verte. Festivales. Reencuentros. Recitar poesía en un bar lleno de gente. Saber qué es lo que quiero. María Lunasol y la torre de Comares. El hippie del mirador de San Nicolás. Shawarmas y la sopa árabe a la que te invita su propietario.

Sentirme querida. Maehtra, otra vez.

Me llevo la mochila cargada de optimismo y de ilusión, de ganas de disfrutar y cargar las pilas. De rodearme de gente que me quiere y a la que quiero. Calma. Saber que las cosas saldrán bien, que se fueron las sombras y que ahora hay luz.

El corazón, cargadito cargadito de las sonrisas de esos niños, sus ojos que brillan y su energía inagotable. El corazón cargadito de maehtra, y de esa guitarra eterna que siempre suena en el Albayzin.

Si  Granada fuera mujer tendría tus ojos, morena.
Tendría una piel verde aceituna y unas manos finas para bailar al son de esa guitarra eterna que resuena en los muros de esta ciudad.
Deseada por todos, conquistada por nadie.
Ciudad costosa, de desafíos, de encuentros y desencuentros.
Granada, mujer fuerte y luchadora. Sabia desde la calma.
Mujer pasional, con carmín de labios y ojos negros de mirada firme que no se acobardan al mirar al futuro.
Granada, mujer valiente, mujer bravía, que una vez conocida nunca puedes olvidar.
Granada bruja y hechicera
libre, fiera y salvaje.
Granada, ya mi Granada.


martes, 14 de junio de 2016

Aquella noche

No dijiste nada que no fuera cierto aquella noche.

Mientras la lluvia caía fuera y tu y yo hacíamos trinchera en mi edredón me susurrabas las palabras más bonitas y más sinceras de amor.

Aquella noche prometimos besarnos las lágrimas cada atardecer, prometimos contarnos las arrugas, descifrar el porvernir. El porvenir, nunca vino, se quedó a mitad de un camino en el que tropezamos sin querer.

Aquella noche, mientras llovía, todo lo que dijiste era cierto, el problema fue que yo me lo creí.

domingo, 15 de mayo de 2016

Gitana mía

Conocí a tu padre hace ahora treinta años. Yo estaba sentada en una terraza al sol, en la Plaza de las Minas. Él tocaba una guitarra en la misma plaza, con la funda de la guitarra abierta a sus pies, recogiendo las pocas monedas que los transeúntes querían echar. Recuerdo qué tomé esa tarde: dos cafés, una cocacola y una copa de licor de miel. Cuatro horas escuchando a tu padre tocar, esperando que terminase su turno para ver si con algo de suerte, reparaba en aquella chiquilla de veintidós años que había consumido más cafeína de la cuenta sólo por oírle tocar.  Cuando terminó se acercó a mi mesa. Me invitó a cenar con lo que había sacado tocando aquella tarde. Una ración de queso y otra de boquerones fritos.

Aquella misma noche hicimos el amor por primera vez.

El tenía diez años más que yo. Me contó sobre Carmen, su primera mujer a la que perdió tan sólo un año después de casarse. Supe que a mí nunca me amaría igual que a ella. Vi la cicatriz en su corazón, que seguía doliendo a pesar de haber dejado de sangrar.

Tu padre comenzó a dar clases de guitarra y yo a vender artesanía en una pequeña tiendecita del barrio. Nos mudamos de casa poco antes de quedarme embarazada de ti. Una casa pequeña, sin lujos, con un patio que pronto llenamos de geranios. Un rincón de paz donde nos tomábamos un aperitivo antes de cenar.

La vida transcurría tranquila entre flores y el eco de una guitarra. Naciste tu. Te llamamos Carmen.

Envejecimos felices, amándonos cada noche. Todas las noches.

Me gustaría decirte que sé cuál fue el motivo de su marcha, que sé por qué aquel dos de Junio nos levantamos y el ya se había ido, con la intención de nunca volver. Me gustaría poder sacarte de la oscuridad que se instala en ti cuando sin saber por qué pierdes lo que más quisiste en la vida.

Sólo se llevó su guitarra.

Me pasé noches enteras en vela, esperando oír sus cuerdas tocar en nuestra ventana, pero jamás regresó. No que yo supiera.

Aún hoy recuerdo aquel plato de boquerones, aquella sonrisa cuando me decía gitana mía, el brillo de sus ojos al verte sonreír.

Aún hoy me preguntó qué fue aquello que le llevó a marcharse, a abandonar nuestras tardes de sol en el patio de los geranios, a dejar nuestra vida feliz. Aquel dos de junio maldito en el que la vida acabó para mí.

Tengo la certeza de que aún sonríe cuando dice gitana mía, y de que sus ojos brillan cuando piensa en ti.



lunes, 21 de marzo de 2016

Intentarlo

Todas esas cosas que intentamos. Intentar me parece una palabra con un matiz agridulce, pues en ella se dejan ver todas las ganas, todo el esfuerzo, todo el empeño y el anhelo de la consecución de un deseo, y a la vez se manifiesta la incertidumbre de que todo ese esfuerzo, ese trabajo, se quede, en nada más que en eso, en un deseo insatisfecho, en energías destinadas en vano a una empresa que muy probablemente, no se alcanzará.


“Inténtalo mujer”, eso te dicen. No te dicen “ vamos, consíguelo, mujer”. Intentarlo no es más que la palabra que escoge nuestro miedo a fracasar cuando necesita dar un discurso. Intentarlo es asumir la posibilidad del fracaso, es la duda de nosotros mismos. Intentarlo es considerarnos incapaces, es un quiero pero ah!, quizás no. Por eso, parafraseando una conocida película norteamericana, yo te digo vamos, ve, sal ahí. Hazlo. O no lo hagas si no quieres. Pero no lo intentes. 

miércoles, 29 de abril de 2015