La historia de mi vida
cambió la noche de un jueves, mientras paseaba solo por las calles de una
ciudad que parecía abandonada.
Eran las dos de la
mañana, y después de todo el día encerrado entre las cuatro paredes de mi
estudio enano decidí que me vendría bien despejarme si quería acabar la montaña
de textos que tenía que entregar traducidos la semana siguiente. Cogí las
llaves de casa y el abrigo y aún con la última frase que había traducido en la
cabeza salí a dar lo que yo pensaba que iba a ser un corto paseo. Mi madre
siempre decía que a esas horas no había nada bueno en las calles, que eran
horas para los desamparados, y los que tenían que ocultar su vida entre las
sombras, y que era nuestra obligación permitir que así fuera, permitir, que
esas pobres criaturas, tal como decía ella, pudieran ver que todavía tenían un
lugar en el mundo de los vivos, aunque fuera apartados y mientras los demás
dormían…Cada uno tiene su sitio Juan, y es necesario que todos lo tengan. Creo
que nunca la entendí bien hasta esa misma noche.
A pesar de que era una
noche fría estaba disfrutando de mi paseo, el silencio se adueñaba de las
calles y el frío permitía que mi cerebro embotado volviese a pensar con
claridad.
Comenzó a llover cuando
estaba regresando a casa. Como en casi todas las tormentas las pequeñas gotas
pronto se convirtieron en un aguacero y tuve que entrar en el primer bar que
encontré para evitar pillar una pulmonía.
No estoy seguro de si
lo que encontré se podía catalogar como bar. En la pared de un edificio viejo
de piedra asomaba una puertecita de madera, que parecía puesta allí casi por
casualidad, en realidad, ni si quiera sé cómo averigüé que se podía entrar
allí. Unas escaleras bajaban hacia un resplandor rojo, que en aquel momento se
me antojó como una mezcla entre un burdel barato y el mismísimo infierno. Casi
antes de entrar ya quería salir de allí, era el antro más ruinoso que había
visto jamás.
Al bajar las escaleras
entrabas en una pequeña sala iluminada por un neón rojo sobre la barra y dos
bombillas colgando de un cable en el techo. Cinco mesas carcomidas se
alternaban, sin orden ni concierto, revueltas por la sala, tal sólo una de
ellas tenía sillas alrededor. Tres.
Un hombre fumaba al fondo, sentado sobre un
taburete, a oscuras, tan sólo pude ver el dibujo de una serpiente enroscada a
una espada en su antebrazo. Me acerqué a un taburete en la barra, intentando
ignorar a mi paso a las cucarachas vivas y muertas que me iba encontrando por
el camino. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me senté, tan sólo una
cerveza rápida y desaparecería de aquel tugurio con olor a orín.
El camarero se acercó.
Era un hombre de unos cuarenta años. El pelo largo y grasiento, las uñas con una cantidad de mugre que bien podía haber estado sin limpiar desde su niñez.
Parecía que no le agradaba que estuviera allí, apenas me habló, me lanzó un
gruñido que interprete por un qué quieres tomar, le pedí la cerveza y se la pagué en el momento, evitando
cualquier asunto que me retuviese a aquel lugar.
Fue entonces cuando la
vi a ella. A oscuras, en la esquina de la barra, se adivinaba una mujer. Miraba
el fondo de su copa de alcohol como si en aquel vaso se encontrara toda su existencia.
Absorta, casi sin respirar, como si fuera tan sólo el maniquí de cualquier
tienda que luce un modelito de saldo. Su pelo era del color de las avellanas,
liso, sin vida, casi sin respirar. Sus brazos raquíticos tendidos sobre la
barra se continuaban en unas manos delicadas, poseedoras de las que podrían
ser las mejores caricias del mundo.
No sabía por qué, pero
no podía dejar de mirarla. Quizá fue por lo extraño de encontrar a una mujer en
aquel sitio o por aquella manera suya de ignorar todo a su alrededor,
encontrando la quietud en un sitio tan grotesco, pero fue imposible apartar mis
ojos.
Levantó la cara. Y me
miró. Y la miré. Sus labios eran finos, sin beso. No podía ver sus ojos. El
camarero le rellenó la copa sin preguntar, por lo que parecía un hábito, ella
volvió a bajar su mirada al vaso.
Me pedí otra cerveza, y
me hubiera pedido cien más si hubiesen sido necesarias para descubrir cómo eran
sus ojos. Y me acerqué. Sin pensarlo muy bien me encontré andando hacia ella,
sin saber si quiera qué le iba a decir. Me senté en el taburete que había a su
lado, y esperé.
Esperé una cerveza, y
otra, y otra más, hasta que al final, levantó la mirada, y vi sus ojos negros,
con un resquicio de brillo, con una chispa de esperanza que se negaba a caer
olvidada en aquel vaso de alcohol.
-¿Quieres algo?-
preguntó desafiante. Su voz era grave.
-No.
-¿Y por qué no te vas y
me dejas tranquilita entonces?
Me callé. La ignoré. Me
pedí otra cerveza y esperé. Esperé el discurso que sabía que vendría.
-Oye mira, si estás
buscando una tía, ahí enfrente hay un puticlub maravilloso, además tú tienes
pinta de tener pasta, no creo que estés bebiendo aquí porque te guste el sitio.
-¿Y tú? ¿Tú por qué
estás bebiendo aquí?
Y entonces, hizo lo
impensable, lo que nunca hubiera
imaginado. Sonrió. No mucho, la curva mínima para que se pudiera considerar
sonreír, la curva suficiente para que yo supiera que me habría pasado la vida
entera en aquel antro con olor a orín, simplemente admirando el perfil de su
sonrisa.
Ni si quiera me
contestó a la pregunta. Empecé a hablarle de mí, en lo que parecía un intento
patético de ligar con ella, y que en realidad estaba más cerca de eso de lo que
yo creía. Le conté que era traductor, que vivía sólo en un estudio porque no
tenía dinero para pagar un piso en condiciones, que tenía un hijo de dos años
al que su madre se había llevado a Suiza cuando nos divorciamos sin apenas
decirme nada, en fin, qué se yo, estupideces que no le importaban a ella y que
a mí casi tampoco lo hacían ya.
Pasé de las cervezas a
las copas, y tres copas en aquel sitio de mala muerte me costó que ella
empezase a hablar. Había dejado de llover hacía rato.
Se llamaba Ángeles, y
odiaba su nombre. Criada en una familia bien avenida e hija de militar había crecido
bajo el mando de la disciplina y el saber estar, le habían enseñado las
conductas más aceptables socialmente y se había aprendido el catecismo de cabo
a rabo. Desde pequeñita siempre había sido la mejor estudiante de la clase,
suspicaz, astuta, inteligente, siempre con algo mordaz que decir, los ojos
alegres, aquellos ojos ya no tan alegres de los que yo me había enamorado
irrefrenablemente aquella noche y que no podía parar de mirar. Guapa, la que
más, y con la consecuencia que ello traía, numerosos pretendientes que bebían
los vientos por ella y a los que sus padres se encargaron de seleccionar cuidadosamente
para encontrar el mejor. A los dieciocho años, edad en la que comenzó sus
estudios de Medicina comenzó a salir con el hijo de un amigo de sus padres,
Mario, un muchacho guapo, adinerado, que estaba completamente atontado por
salir con ella y que iba a comenzar los estudios de Derecho y Ciencias
Políticas. Para la familia de Ángeles las cosas no podían ir mejor.
Todo se truncó el día
que llegó embarazada a casa, con veinte años, con el amor corriendo por sus
venas y un hijo fruto de él en sus entrañas, hijo, que por supuesto, no era de
Mario, sino de un tal Jacobo que había conocido en un bar, que no tenía ni
oficio ni beneficio, y tampoco dónde caerse muerto. Según me contó ella, la
bofetada que le dio su padre aún le acaloraba la mejilla cuando la recordaba.
Ángeles se fue de casa, su propio padre intentó que frenase aquel embarazo (aún
estando en contra de sus principios religiosos) y que la vida siguiese tal y
como había sido hasta entonces, lejos de aquel Jacobo que acaba de aparecer
para arruinarle la vida a él y a su pequeña. Ángeles se negó y se marchó de
casa, agarrando muy fuerte la mano del amor de su vida y acariciando su vientre
en espera.
Fueron felices. Se
casaron solos en una pequeña iglesia. La niña nació, una niña preciosa a la que
pusieron el nombre de Elena. Jacobo trabajaba en lo que le iba saliendo, y
Ángeles limpiaba casas en el tiempo que podía sacar de cuidar a la niña, vivían
los tres en la habitación de una pensión y compartían las pocas alegrías que
les daba el día a día tomando un refresco en una plaza o saliendo a jugar al
parque con Elena. Tenían unos ahorros, y estaban pensando en buscar otro sitio
más acogedor para vivir.
Una tarde, paseando por la calle, Ángeles se
dio cuenta de que un hombre les seguía, le preguntó a Jacobo, y él le dijo que
se adelantara con la niña, que él se encargaba de todo. Cuando doblaron la
esquina Elena se soltó de su mano y salió corriendo a buscar a su padre.
Ángeles salió detrás, y llegó justo a tiempo para ver, cómo aquel hombre,
disparaba a bocajarro, primero hacia su hija, después hacia su marido. Un
hombre con un tatuaje de una serpiente enroscada a una espada en el antebrazo.
Los dos cuerpos se desplomaron. Ángeles no pudo soportarlo y se desmayó.
Cuando despertó le
contaron que su marido estaba metido en negocios de droga, que había intentado
traficar para conseguir algo más de dinero para ellas, y que el negocio le
había salido mal y estaba endeudado. Que aquel tipo tenía que saldar esas
deudas. Que lo de su hija había sido un accidente. Nada importaba ya.
Diez años habían pasado
desde entonces. Diez años en los que Ángeles había masticado el dolor y el
rencor. La pérdida de su hija y de su marido. La pérdida de su vida. Diez años
sin existir, casi sin respirar, que le habían llevado a sentarse aquel día, en
la barra de aquel bar.
-Así que si tu pregunta
es por qué bebo yo, bebo por eso. Para recordar, para que no se me olvide ese
tatuaje con la serpiente verde y la espada negra, en ese brazo que me arrebató
mi vida. Bebo para tener el valor que me hace falta para sacar la pistola que
llevo en el bolso y hacer lo que llevo diez años esperando hacer.
Lo que pasó después lo recuerdo de manera difusa. El camarero guardó las
botellas que quedaban por la barra y dijo que iban a cerrar, serían
aproximadamente las cinco de la mañana. El hombre del tatuaje se levantó y se
acercó a la barra para pagar lo que debía. Me miró fijamente a los ojos, con
una mirada color hielo que nunca seré
capaz de olvidar. Ángeles metió la mano en el bolso mientras el salía hacia la
puerta, y gritó su nombre, él se giró, pero ya estaba preparado, llevaba otra
pistola en la mano. Y disparó hacia ella y hacia el camarero. Me abalancé sobre
él y le derribé, la pistola cayó al suelo, pero las balas ya habían alcanzado a
sus destinatarios. Creo que hubo un forcejeo en el suelo, él estaba sobre mí,
pero pude estirar la mano y alcanzar la pistola. No sé cómo lo hice, no sé de
dónde saqué el valor, ni siquiera el modo en qué disparé.
Lo maté.
Cuando me levanté me
parecía que estaba en un sueño. Un hombre, al que acababa de matar yacía en el
suelo, el camarero estaba sobre la barra, dejando un charco de sangre encima de
ella. Me acerqué a Ángeles, acaricié sus labios finos, sin beso, ahora pálidos
y fríos. Recordé su sonrisa, la última sonrisa de su vida y que había causado
yo. Cogí la pistola y me marché.
Amanecía.
Llegué a casa
intentando poner orden en todo lo que había sucedido aquella noche, pensando en
qué lugar me correspondía estar, si acaso había sido un justiciero o tan sólo
un asesino que también merecía tener un tatuaje. Me dormí pensando en la mujer
del pelo color avellana, en el brillo de sus ojos que se resistía a
desaparecer.
Poco a poco me fui abandonando al sueño, muy despacito. Casi sin
respirar.