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jueves, 6 de junio de 2013

Tres dientes.

Tres dientes tenía mi prima María. Tres. Se los partió la pobre cuando jugábamos en el patio de la tita Petra, a los ocho años. Estábamos intentando pillar a su hermano pequeño para tiznarle la cara con la grasa de la sartén, y cuándo estábamos a punto de cogerle, María tropezó con la caja de herramientas de mi abuelo y se cayó de boca contra el tranco de la puerta. Con la boca llena de sangre me decía “Rosa, cógelo tú  y lo atas, que cuando me curen la boca le dejamos la cara negra”. Yo tan chica como era no podía coger  a mi primo, así que al final se quedó con la cara sin teñir.

Y con tres dientecitos se quedó la María, porque claro, las cosas en mi familia no estaban como para tirar cohetes, que acabábamos de salir de una guerra y no podía ir uno derrochando los dineros en arreglarle la boca a la niña.

Así que mi prima María creció con sus tres dientes. Y le crecieron unos ojos como dos faroles. Y unas trenzas rubias que le llegaban a la cintura. Las piernas finas y el cuerpo esbelto. Un primor. Pero claro, tres dientes. Tres nada más. La María la mellá, le llamaban en el pueblo. Y mi prima, que se había pasado la vida riendo y  haciendo de reír, se dio cuenta de que espantaba a los demás cuando abría la boca.

Y así fue como mi prima perdió la risa y casi la voz. Sólo hablaba cuando estaba conmigo, que total Rosa, tú no te vas a asustar por verme la boca esta de vieja que se me ha quedado. Eso me decía. Yo le regañaba, porque le decía que una vida sin risa ni era vida ni era nada, y más con lo guasona que había sido ella.

Al final María comenzó a reír, sin que nadie se lo dijera, lo hizo cuando ella quiso. Y se reía a carcajadas, enseñando bien sus tres dientes. “Qué pa’ tres dientes que tengo los tendré que lucir bien”, eso decía, y cuánto más lo decía más se reía. Y volvió a ser un primor.


 Sin dientes. Con risa. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Casi sin respirar.





La historia de mi vida cambió la noche de un jueves, mientras paseaba solo por las calles de una ciudad que parecía abandonada.

Eran las dos de la mañana, y después de todo el día encerrado entre las cuatro paredes de mi estudio enano decidí que me vendría bien despejarme si quería acabar la montaña de textos que tenía que entregar traducidos la semana siguiente. Cogí las llaves de casa y el abrigo y aún con la última frase que había traducido en la cabeza salí a dar lo que yo pensaba que iba a ser un corto paseo. Mi madre siempre decía que a esas horas no había nada bueno en las calles, que eran horas para los desamparados, y los que tenían que ocultar su vida entre las sombras, y que era nuestra obligación permitir que así fuera, permitir, que esas pobres criaturas, tal como decía ella, pudieran ver que todavía tenían un lugar en el mundo de los vivos, aunque fuera apartados y mientras los demás dormían…Cada uno tiene su sitio Juan, y es necesario que todos lo tengan. Creo que nunca la entendí bien hasta esa misma noche.

A pesar de que era una noche fría estaba disfrutando de mi paseo, el silencio se adueñaba de las calles y el frío permitía que mi cerebro embotado volviese a pensar con claridad.

Comenzó a llover cuando estaba regresando a casa. Como en casi todas las tormentas las pequeñas gotas pronto se convirtieron en un aguacero y tuve que entrar en el primer bar que encontré para evitar pillar una pulmonía.

No estoy seguro de si lo que encontré se podía catalogar como bar. En la pared de un edificio viejo de piedra asomaba una puertecita de madera, que parecía puesta allí casi por casualidad, en realidad, ni si quiera sé cómo averigüé que se podía entrar allí. Unas escaleras bajaban hacia un resplandor rojo, que en aquel momento se me antojó como una mezcla entre un burdel barato y el mismísimo infierno. Casi antes de entrar ya quería salir de allí, era el antro más ruinoso que había visto jamás.

Al bajar las escaleras entrabas en una pequeña sala iluminada por un neón rojo sobre la barra y dos bombillas colgando de un cable en el techo. Cinco mesas carcomidas se alternaban, sin orden ni concierto, revueltas por la sala, tal sólo una de ellas tenía sillas alrededor. Tres.

Un hombre fumaba al fondo, sentado sobre un taburete, a oscuras, tan sólo pude ver el dibujo de una serpiente enroscada a una espada en su antebrazo. Me acerqué a un taburete en la barra, intentando ignorar a mi paso a las cucarachas vivas y muertas que me iba encontrando por el camino. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me senté, tan sólo una cerveza rápida y desaparecería de aquel tugurio con olor a orín.

El camarero se acercó. Era un hombre de unos cuarenta años. El pelo largo y grasiento, las uñas con una cantidad de mugre que bien podía haber estado sin limpiar desde su niñez. Parecía que no le agradaba que estuviera allí, apenas me habló, me lanzó un gruñido que interprete por un qué quieres tomar, le pedí la cerveza y se la pagué en el momento, evitando cualquier asunto que me retuviese a aquel lugar.

Fue entonces cuando la vi a ella. A oscuras, en la esquina de la barra, se adivinaba una mujer. Miraba el fondo de su copa de alcohol como si en aquel vaso se encontrara toda su existencia. Absorta, casi sin respirar, como si fuera tan sólo el maniquí de cualquier tienda que luce un modelito de saldo. Su pelo era del color de las avellanas, liso, sin vida, casi sin respirar. Sus brazos raquíticos tendidos sobre la barra se continuaban en unas manos delicadas, poseedoras de las que podrían ser las mejores caricias del mundo.

No sabía por qué, pero no podía dejar de mirarla. Quizá fue por lo extraño de encontrar a una mujer en aquel sitio o por aquella manera suya de ignorar todo a su alrededor, encontrando la quietud en un sitio tan grotesco, pero fue imposible apartar mis ojos.

Levantó la cara. Y me miró. Y la miré. Sus labios eran finos, sin beso. No podía ver sus ojos. El camarero le rellenó la copa sin preguntar, por lo que parecía un hábito, ella volvió a bajar su mirada al vaso.

Me pedí otra cerveza, y me hubiera pedido cien más si hubiesen sido necesarias para descubrir cómo eran sus ojos. Y me acerqué. Sin pensarlo muy bien me encontré andando hacia ella, sin saber si quiera qué le iba a decir. Me senté en el taburete que había a su lado, y esperé.

Esperé una cerveza, y otra, y otra más, hasta que al final, levantó la mirada, y vi sus ojos negros, con un resquicio de brillo, con una chispa de esperanza que se negaba a caer olvidada en aquel vaso de alcohol.


-¿Quieres algo?- preguntó desafiante. Su voz era grave.

-No.

-¿Y por qué no te vas y me dejas tranquilita entonces?


Me callé. La ignoré. Me pedí otra cerveza y esperé. Esperé el discurso que sabía que vendría.

-Oye mira, si estás buscando una tía, ahí enfrente hay un puticlub maravilloso, además tú tienes pinta de tener pasta, no creo que estés bebiendo aquí porque te guste el sitio.


-¿Y tú? ¿Tú por qué estás bebiendo aquí?


Y entonces, hizo lo impensable, lo que nunca hubiera imaginado. Sonrió. No mucho, la curva mínima para que se pudiera considerar sonreír, la curva suficiente para que yo supiera que me habría pasado la vida entera en aquel antro con olor a orín, simplemente admirando el perfil de su sonrisa.

Ni si quiera me contestó a la pregunta. Empecé a hablarle de mí, en lo que parecía un intento patético de ligar con ella, y que en realidad estaba más cerca de eso de lo que yo creía. Le conté que era traductor, que vivía sólo en un estudio porque no tenía dinero para pagar un piso en condiciones, que tenía un hijo de dos años al que su madre se había llevado a Suiza cuando nos divorciamos sin apenas decirme nada, en fin, qué se yo, estupideces que no le importaban a ella y que a mí casi tampoco lo hacían ya.

Pasé de las cervezas a las copas, y tres copas en aquel sitio de mala muerte me costó que ella empezase a hablar. Había dejado de llover hacía rato.


Se llamaba Ángeles, y odiaba su nombre. Criada en una familia bien avenida e hija de militar había crecido bajo el mando de la disciplina y el saber estar, le habían enseñado las conductas más aceptables socialmente y se había aprendido el catecismo de cabo a rabo. Desde pequeñita siempre había sido la mejor estudiante de la clase, suspicaz, astuta, inteligente, siempre con algo mordaz que decir, los ojos alegres, aquellos ojos ya no tan alegres de los que yo me había enamorado irrefrenablemente aquella noche y que no podía parar de mirar. Guapa, la que más, y con la consecuencia que ello traía, numerosos pretendientes que bebían los vientos por ella y a los que sus padres se encargaron de seleccionar cuidadosamente para encontrar el mejor. A los dieciocho años, edad en la que comenzó sus estudios de Medicina comenzó a salir con el hijo de un amigo de sus padres, Mario, un muchacho guapo, adinerado, que estaba completamente atontado por salir con ella y que iba a comenzar los estudios de Derecho y Ciencias Políticas. Para la familia de Ángeles las cosas no podían ir mejor.

Todo se truncó el día que llegó embarazada a casa, con veinte años, con el amor corriendo por sus venas y un hijo fruto de él en sus entrañas, hijo, que por supuesto, no era de Mario, sino de un tal Jacobo que había conocido en un bar, que no tenía ni oficio ni beneficio, y tampoco dónde caerse muerto. Según me contó ella, la bofetada que le dio su padre aún le acaloraba la mejilla cuando la recordaba. Ángeles se fue de casa, su propio padre intentó que frenase aquel embarazo (aún estando en contra de sus principios religiosos) y que la vida siguiese tal y como había sido hasta entonces, lejos de aquel Jacobo que acaba de aparecer para arruinarle la vida a él y a su pequeña. Ángeles se negó y se marchó de casa, agarrando muy fuerte la mano del amor de su vida y acariciando su vientre en espera.

Fueron felices. Se casaron solos en una pequeña iglesia. La niña nació, una niña preciosa a la que pusieron el nombre de Elena. Jacobo trabajaba en lo que le iba saliendo, y Ángeles limpiaba casas en el tiempo que podía sacar de cuidar a la niña, vivían los tres en la habitación de una pensión y compartían las pocas alegrías que les daba el día a día tomando un refresco en una plaza o saliendo a jugar al parque con Elena. Tenían unos ahorros, y estaban pensando en buscar otro sitio más acogedor para vivir.

Una tarde, paseando por la calle, Ángeles se dio cuenta de que un hombre les seguía, le preguntó a Jacobo, y él le dijo que se adelantara con la niña, que él se encargaba de todo. Cuando doblaron la esquina Elena se soltó de su mano y salió corriendo a buscar a su padre. Ángeles salió detrás, y llegó justo a tiempo para ver, cómo aquel hombre, disparaba a bocajarro, primero hacia su hija, después hacia su marido. Un hombre con un tatuaje de una serpiente enroscada a una espada en el antebrazo. Los dos cuerpos se desplomaron. Ángeles no pudo soportarlo y se desmayó.

Cuando despertó le contaron que su marido estaba metido en negocios de droga, que había intentado traficar para conseguir algo más de dinero para ellas, y que el negocio le había salido mal y estaba endeudado. Que aquel tipo tenía que saldar esas deudas. Que lo de su hija había sido un accidente. Nada importaba ya.

Diez años habían pasado desde entonces. Diez años en los que Ángeles había masticado el dolor y el rencor. La pérdida de su hija y de su marido. La pérdida de su vida. Diez años sin existir, casi sin respirar, que le habían llevado a sentarse aquel día, en la barra de aquel bar.



-Así que si tu pregunta es por qué bebo yo, bebo por eso. Para recordar, para que no se me olvide ese tatuaje con la serpiente verde y la espada negra, en ese brazo que me arrebató mi vida. Bebo para tener el valor que me hace falta para sacar la pistola que llevo en el bolso y hacer lo que llevo diez años esperando hacer.

Lo que pasó después lo recuerdo de manera difusa. El camarero guardó las botellas que quedaban por la barra y dijo que iban a cerrar, serían aproximadamente las cinco de la mañana. El hombre del tatuaje se levantó y se acercó a la barra para pagar lo que debía. Me miró fijamente a los ojos, con una mirada color hielo que nunca seré capaz de olvidar. Ángeles metió la mano en el bolso mientras el salía hacia la puerta, y gritó su nombre, él se giró, pero ya estaba preparado, llevaba otra pistola en la mano. Y disparó hacia ella y hacia el camarero. Me abalancé sobre él y le derribé, la pistola cayó al suelo, pero las balas ya habían alcanzado a sus destinatarios. Creo que hubo un forcejeo en el suelo, él estaba sobre mí, pero pude estirar la mano y alcanzar la pistola. No sé cómo lo hice, no sé de dónde saqué el valor, ni siquiera el modo en qué disparé.






Lo maté.






Cuando me levanté me parecía que estaba en un sueño. Un hombre, al que acababa de matar yacía en el suelo, el camarero estaba sobre la barra, dejando un charco de sangre encima de ella. Me acerqué a Ángeles, acaricié sus labios finos, sin beso, ahora pálidos y fríos. Recordé su sonrisa, la última sonrisa de su vida y que había causado yo. Cogí la pistola y me marché.






Amanecía.






Llegué a casa intentando poner orden en todo lo que había sucedido aquella noche, pensando en qué lugar me correspondía estar, si acaso había sido un justiciero o tan sólo un asesino que también merecía tener un tatuaje. Me dormí pensando en la mujer del pelo color avellana, en el brillo de sus ojos que se resistía a desaparecer.


Poco a poco me fui abandonando al sueño, muy despacito. Casi sin respirar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Recuerda.


Una vez más el día le regala unos segundos, unos minutos con algo de suerte, para poder observarla dormida, tranquila a su lado. Le encanta despertar por las mañanas antes de que ella lo haga, abrir los ojos y sentir su paz, sin que ella le vea, con tiempo para observarla sin ser visto, disfrutando de la exclusividad de ser su única audiencia secreta.

La contempla.

Ve su piel. La ve pálida, arrugada, casi marchita. Y la recuerda. Recuerda la piel suave que ha acariciado durante toda su vida, aquella que podría distinguir entre un millón de mujeres, la que sus manos son incapaces de olvidar a base de recorrerla y dibujar su cartografía. Su piel tersa, caliente. Su piel.

Ve su pelo, blanco como la nieve, cortado sin gracia por sus propias manos, sus manos de piel, manos de memoria. Y recuerda su pelo, su trenza larga con sus hebras  de oro. Su pelo en su pecho, en sus manos, en sus caricias.

Sus ojos cerrados donde se oculta el verde de la hierba recién cortada. De su olor. El olor de las flores.
Sus ojos, esos, los que nunca antes se apartaban por el miedo, por la rabia o la vergüenza, pero sí cuando descubría la mentira. Ahí sí que se apartaban.

La mañana generosa le permite que se fije detenidamente en sus labios. Los ve agrietados, secos, durmientes. Y los recuerda. Los recuerda porque él puede recordar. Los recuerda en aquel puesto de castañas asadas de Madrid, un domingo por la tarde, cuando le robó el primer beso de los muchos que vinieron detrás. Y qué beso. Un beso caliente y frío, húmedo y seco. Y áspero. O suave, muy suave. Cada vez el recuerdo cambia. Porque eso hacen los recuerdos, cambiar. Porque la memoria es caprichosa.

Y ese capricho es el que hace que una vez ella se olvidase de cómo regresar a casa. Y ese capricho es el que hace que comenzase a fallar jugando al dominó, una tarde en el patio de la casa, como siempre hacían. El mismo capricho que hizo, que ella le echara de casa aquel día que él le trajo una docena de pasteles para su aniversario, porque no sabía quién era ese extraño. Ese mismo capricho.

Y entonces ella abre los ojos. Y le ve a él. Y sonríe. Sonríe mucho, tanto que casi se ríe. Porque recuerda Madrid, y castañas asadas. Si. Está viendo castañas asadas. Y sonríe. Y recuerda.

Y como cada día, él se lo vuelve a decir. Como cada día. Sin saber que es el último que lo hará.

-Buenos días, alma mía.

Y ella sonríe.

Castañas. 

jueves, 28 de febrero de 2013

Otro gallo cantaría


Acabo de encontrarme por la calle a Antonio, ¡menudo cabreo lleva!

-¿Y eso, mujer?

-¿Y eso? Pues normal, ¿tú te crees? Esta misma mañana ha salido en el periódico otra noticia de corrupción de los políticos, el de Interior, que también ha estado trincando lo que no era suyo,  y es que ya está bien mujer, ya está bien… Y claro, ya sabes tú, a Antonio con lo buena persona que es, esto le molesta horrores.

-  La verdad es que si… Yo no entiendo cómo tienen tan poca vergüenza, venga a robar dinero, son todos un atajo de mangantes..¡Vergüenza me daría a mí si tuviera que salir a dar la cara por un país!

-Pues ea, eso es lo que me ha dicho a mi Antonio, que últimamente está muy sensible con el tema, me lo contó el otro día mi Paco que se fue a su casa a ver el fútbol, como él tiene eso del canal plus que echan los partidos pues le invitó a verlo, y dice Paco que  no paraba de hablar del tema.

-Uy! Pues se estará dejando un dineral con lo del canal plus.

-Qué va mujer, él lo tiene pirata, se ha comprado una maquina y con eso creo que sólo hace falta pagar un mes y luego ya te sale gratis. A nosotros nos ha dicho que nos lo va a poner en casa para que lo tengamos también.

-Desde luego, es que es un encanto de persona. El otro día le conté en el ascensor que mi sobrino David acaba de terminar la carrera y no es capaz de encontrar trabajo y se interesó muchísimo por él, me pidió su número de teléfono y todo. Total, que el mes pasado que por lo visto se quedó una plaza libre, mi sobrino no tuvo ni que hacer la entrevista, Antonio habló con los jefes y a los dos días estaba trabajando, está mi hermana loca de contenta.

- ¡Qué generoso que es! ¿Y las hijas? Tiene unas hijas guapísimas, y listas como el hambre, las dos están estudiando en la universidad, me lo contó el otro día la madre, que también es encantadora, que a las niñas les han dado la beca porque lo que se sacan de las tierras que tienen en su pueblo no lo declaran, y claro, aunque ellos puedan permitírselo, si les ayudan a tener a las niñas estudiando con un poquillo de dinero pues mejor que mejor.

- Claro, si es que a esas edades todo son gastos, y oye, con lo buenos que son se merecen que lo ayuden, que él ayuda siempre a los demás. Desde luego…ojalá los que no gobiernan fueran como Antonio hija...otro gallo cantaría. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Imagina


Imagínate que un día vieras la felicidad en tu rostro, que la vieras lejana y perdida, presente en otro tiempo. Imagínate que un día pensases: ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Quién es esa persona que sonríe a lo lejos? ¿Quién es esa persona despreocupada, feliz, dueña de sí misma, serena?

Imagínate que vieras a la amabilidad, a la serenidad, a la alegría más pura, y les dieras la espalda, salieras huyendo despavorida. O peor, imagínate que quisieras tocarlas con la yema de los dedos, conformándote con un roce cuando en otro tiempo las aferrabas fuerte, y fueses incapaz. Tus músculos agarrotados no saben dónde van, no te obedecen.

Imagínate que te perdieses. A ti mismo. Que no supieses. Que no encontrases.

Imagina un vacío enorme. Un vacío que duele, un vacío que bloquea, que te hace dudar. Que te presiona hacia abajo.

 Y todo es pequeño. Y tú lo que más.

Imagina el final de un cuento. Imagina que el cuento continúa, y tú, desapareces. Te desvaneces sin más. Y pasas a mirar desde fuera. A mirar desde fuera su felicidad, su cuento, sin ti. Sin importar.

Te caes. Y no te puedes agarrar.

Y necesitas resucitar. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Amelia



Hoy Amelia cumple ochenta y nueve años, aunque ella dice que en realidad cumple quince, y es la verdad, porque ella es la niña bonita, la más bonita de la casa.

A sus quince años Amelia tiene muchos amigos, siempre está hablando con alguno de ellos y en cuanto la conoces un poquito entiendes que es normal que siendo cómo es tenga tantos amigos. Amelia es enérgica, peleona y muy muy divertida, siempre está bromeando y tomándole el pelo a todos los de su alrededor. A veces es un poco gruñona, sobre todo cuando alguien que no conoce mucho se presenta en su casa, pero lo normal es que vaya por el pueblo repartiendo alegría e inundando a todo el mundo con sus ganas de vivir, porque ante todo, eso es lo que ella tiene, muchísimas ganas de vivir.

Amelia tiene muchísimas aficiones, siempre tiene algo que hacer, pero a veces también se aburre, y es entonces cuando aprovecha para cantar,  su canción favorita es esa que dice: “Una vieja muy revieja, más vieja que San Antón, se echó las tetas al hombro, y le arrastraba el pezón, ay lerelelere ay lereleleron…”  Aunque en realidad, se aburre poco porque siempre tiene algo que hacer. Teje las mantas más bonitas del mundo, con lanas de mil colores, y también hace manteles, tapetes para las mesas, jerseys para su nieto pequeño…y todo lo que se pueda imaginar con aguja e hilo. También le gusta cocinar caracoles y sacarlos a que les dé el sol en el patio de su casa y su nieta mire embobada como intentan escapar de la olla,  ¡y qué caracoles! ¡qué ricos le salen!. Le encanta jugar al parchís aunque es muy fullera y siempre termina haciendo trampas sin que te des cuenta. Cuando ya ha hecho todo esto se sube al Monumento, a sentarse en un banco con sus hermanas, y así pasan la tarde, sentaditas y riendo sin parar. Con sus manos preciosas pinta los cuadros más bonitos de todo el pueblo, descendiente de músicos lleva el arte por su sangre. Su color favorito no es el rojo, es el colorao .Odia el chocolate y también la leche. “A mí eso me da un asco que me muero” dice siempre cuando lo ve, y nunca ha probado las lentejas.

Todo esto a Amelia, a veces parece que se le olvida, pero si miras con muchísima atención a través de esos ojos mitad grises mitad azules, puedes ver todavía a esa niña de esos quince años, a la niña bonita que te hace un guiño y te brinda una sonrisa, a la niña de mis ojos. 

Apnea.

La voz llegó desde atrás.

-Proceda a relatarme otra vez el sueño, por favor.- La voz del doctor era profunda, intentaba disimular su carácter intimidatorio sin apenas conseguirlo. Desde el diván tan sólo era capaz de ver estanterías repletas de libros, ordenados alfabéticamente. Una pequeña ventana dejaba ver la rama de un árbol seco.

-Estoy de pie, al borde de un precipicio. En frente la veo a ella, al otro lado, está de espaldas, con una camiseta blanca. Le llamo, pero no se da la vuelta, ni siquiera se mueve.

-Prosiga, por favor.

-Una cuerda une los dos lados, una de esas que utilizan los funambulistas, pero me da miedo cruzarla. Miro mis pies, pero no soy capaz de verlos. Siento mucho miedo.

- Es entonces cuando se asoma al precipicio, ¿me equivoco?.- aunque se adelantaba a los acontecimientos no mostraba impaciencia.

-Si- un hilo de voz- Me asomo, veo dos ojos gigantes, están cerrados. También veo palabras, palabras que se fragmentan y se caen al vacío. Del cielo empiezan a llover palabras rotas. Siento frío. La cuerda se hace más larga, se que tengo que cruzarla pero no se cómo, grito su nombre pero sólo hay silencio.

-Fue entonces cuando despertó y vomitó ¿no es así?

-Sí, así fue.

El doctor emitió un largo silencio. Quedaban diez minutos para el final de la sesión.

-Me temo que no es necesario que le ayude a interpretar su sueño. Creo que no fallo cuando digo que sabe usted lo que significa, ¿verdad?

Más silencio.

-Claro que lo sé doctor.

Rompió a llorar.

De putas la tacones

De putas la tacones