martes, 14 de junio de 2016

Aquella noche

No dijiste nada que no fuera cierto aquella noche.

Mientras la lluvia caía fuera y tu y yo hacíamos trinchera en mi edredón me susurrabas las palabras más bonitas y más sinceras de amor.

Aquella noche prometimos besarnos las lágrimas cada atardecer, prometimos contarnos las arrugas, descifrar el porvernir. El porvenir, nunca vino, se quedó a mitad de un camino en el que tropezamos sin querer.

Aquella noche, mientras llovía, todo lo que dijiste era cierto, el problema fue que yo me lo creí.

domingo, 15 de mayo de 2016

Gitana mía

Conocí a tu padre hace ahora treinta años. Yo estaba sentada en una terraza al sol, en la Plaza de las Minas. Él tocaba una guitarra en la misma plaza, con la funda de la guitarra abierta a sus pies, recogiendo las pocas monedas que los transeúntes querían echar. Recuerdo qué tomé esa tarde: dos cafés, una cocacola y una copa de licor de miel. Cuatro horas escuchando a tu padre tocar, esperando que terminase su turno para ver si con algo de suerte, reparaba en aquella chiquilla de veintidós años que había consumido más cafeína de la cuenta sólo por oírle tocar.  Cuando terminó se acercó a mi mesa. Me invitó a cenar con lo que había sacado tocando aquella tarde. Una ración de queso y otra de boquerones fritos.

Aquella misma noche hicimos el amor por primera vez.

El tenía diez años más que yo. Me contó sobre Carmen, su primera mujer a la que perdió tan sólo un año después de casarse. Supe que a mí nunca me amaría igual que a ella. Vi la cicatriz en su corazón, que seguía doliendo a pesar de haber dejado de sangrar.

Tu padre comenzó a dar clases de guitarra y yo a vender artesanía en una pequeña tiendecita del barrio. Nos mudamos de casa poco antes de quedarme embarazada de ti. Una casa pequeña, sin lujos, con un patio que pronto llenamos de geranios. Un rincón de paz donde nos tomábamos un aperitivo antes de cenar.

La vida transcurría tranquila entre flores y el eco de una guitarra. Naciste tu. Te llamamos Carmen.

Envejecimos felices, amándonos cada noche. Todas las noches.

Me gustaría decirte que sé cuál fue el motivo de su marcha, que sé por qué aquel dos de Junio nos levantamos y el ya se había ido, con la intención de nunca volver. Me gustaría poder sacarte de la oscuridad que se instala en ti cuando sin saber por qué pierdes lo que más quisiste en la vida.

Sólo se llevó su guitarra.

Me pasé noches enteras en vela, esperando oír sus cuerdas tocar en nuestra ventana, pero jamás regresó. No que yo supiera.

Aún hoy recuerdo aquel plato de boquerones, aquella sonrisa cuando me decía gitana mía, el brillo de sus ojos al verte sonreír.

Aún hoy me preguntó qué fue aquello que le llevó a marcharse, a abandonar nuestras tardes de sol en el patio de los geranios, a dejar nuestra vida feliz. Aquel dos de junio maldito en el que la vida acabó para mí.

Tengo la certeza de que aún sonríe cuando dice gitana mía, y de que sus ojos brillan cuando piensa en ti.



lunes, 21 de marzo de 2016

Intentarlo

Todas esas cosas que intentamos. Intentar me parece una palabra con un matiz agridulce, pues en ella se dejan ver todas las ganas, todo el esfuerzo, todo el empeño y el anhelo de la consecución de un deseo, y a la vez se manifiesta la incertidumbre de que todo ese esfuerzo, ese trabajo, se quede, en nada más que en eso, en un deseo insatisfecho, en energías destinadas en vano a una empresa que muy probablemente, no se alcanzará.


“Inténtalo mujer”, eso te dicen. No te dicen “ vamos, consíguelo, mujer”. Intentarlo no es más que la palabra que escoge nuestro miedo a fracasar cuando necesita dar un discurso. Intentarlo es asumir la posibilidad del fracaso, es la duda de nosotros mismos. Intentarlo es considerarnos incapaces, es un quiero pero ah!, quizás no. Por eso, parafraseando una conocida película norteamericana, yo te digo vamos, ve, sal ahí. Hazlo. O no lo hagas si no quieres. Pero no lo intentes. 

miércoles, 29 de abril de 2015

jueves, 6 de junio de 2013

Tres dientes.

Tres dientes tenía mi prima María. Tres. Se los partió la pobre cuando jugábamos en el patio de la tita Petra, a los ocho años. Estábamos intentando pillar a su hermano pequeño para tiznarle la cara con la grasa de la sartén, y cuándo estábamos a punto de cogerle, María tropezó con la caja de herramientas de mi abuelo y se cayó de boca contra el tranco de la puerta. Con la boca llena de sangre me decía “Rosa, cógelo tú  y lo atas, que cuando me curen la boca le dejamos la cara negra”. Yo tan chica como era no podía coger  a mi primo, así que al final se quedó con la cara sin teñir.

Y con tres dientecitos se quedó la María, porque claro, las cosas en mi familia no estaban como para tirar cohetes, que acabábamos de salir de una guerra y no podía ir uno derrochando los dineros en arreglarle la boca a la niña.

Así que mi prima María creció con sus tres dientes. Y le crecieron unos ojos como dos faroles. Y unas trenzas rubias que le llegaban a la cintura. Las piernas finas y el cuerpo esbelto. Un primor. Pero claro, tres dientes. Tres nada más. La María la mellá, le llamaban en el pueblo. Y mi prima, que se había pasado la vida riendo y  haciendo de reír, se dio cuenta de que espantaba a los demás cuando abría la boca.

Y así fue como mi prima perdió la risa y casi la voz. Sólo hablaba cuando estaba conmigo, que total Rosa, tú no te vas a asustar por verme la boca esta de vieja que se me ha quedado. Eso me decía. Yo le regañaba, porque le decía que una vida sin risa ni era vida ni era nada, y más con lo guasona que había sido ella.

Al final María comenzó a reír, sin que nadie se lo dijera, lo hizo cuando ella quiso. Y se reía a carcajadas, enseñando bien sus tres dientes. “Qué pa’ tres dientes que tengo los tendré que lucir bien”, eso decía, y cuánto más lo decía más se reía. Y volvió a ser un primor.


 Sin dientes. Con risa. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Casi sin respirar.





La historia de mi vida cambió la noche de un jueves, mientras paseaba solo por las calles de una ciudad que parecía abandonada.

Eran las dos de la mañana, y después de todo el día encerrado entre las cuatro paredes de mi estudio enano decidí que me vendría bien despejarme si quería acabar la montaña de textos que tenía que entregar traducidos la semana siguiente. Cogí las llaves de casa y el abrigo y aún con la última frase que había traducido en la cabeza salí a dar lo que yo pensaba que iba a ser un corto paseo. Mi madre siempre decía que a esas horas no había nada bueno en las calles, que eran horas para los desamparados, y los que tenían que ocultar su vida entre las sombras, y que era nuestra obligación permitir que así fuera, permitir, que esas pobres criaturas, tal como decía ella, pudieran ver que todavía tenían un lugar en el mundo de los vivos, aunque fuera apartados y mientras los demás dormían…Cada uno tiene su sitio Juan, y es necesario que todos lo tengan. Creo que nunca la entendí bien hasta esa misma noche.

A pesar de que era una noche fría estaba disfrutando de mi paseo, el silencio se adueñaba de las calles y el frío permitía que mi cerebro embotado volviese a pensar con claridad.

Comenzó a llover cuando estaba regresando a casa. Como en casi todas las tormentas las pequeñas gotas pronto se convirtieron en un aguacero y tuve que entrar en el primer bar que encontré para evitar pillar una pulmonía.

No estoy seguro de si lo que encontré se podía catalogar como bar. En la pared de un edificio viejo de piedra asomaba una puertecita de madera, que parecía puesta allí casi por casualidad, en realidad, ni si quiera sé cómo averigüé que se podía entrar allí. Unas escaleras bajaban hacia un resplandor rojo, que en aquel momento se me antojó como una mezcla entre un burdel barato y el mismísimo infierno. Casi antes de entrar ya quería salir de allí, era el antro más ruinoso que había visto jamás.

Al bajar las escaleras entrabas en una pequeña sala iluminada por un neón rojo sobre la barra y dos bombillas colgando de un cable en el techo. Cinco mesas carcomidas se alternaban, sin orden ni concierto, revueltas por la sala, tal sólo una de ellas tenía sillas alrededor. Tres.

Un hombre fumaba al fondo, sentado sobre un taburete, a oscuras, tan sólo pude ver el dibujo de una serpiente enroscada a una espada en su antebrazo. Me acerqué a un taburete en la barra, intentando ignorar a mi paso a las cucarachas vivas y muertas que me iba encontrando por el camino. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me senté, tan sólo una cerveza rápida y desaparecería de aquel tugurio con olor a orín.

El camarero se acercó. Era un hombre de unos cuarenta años. El pelo largo y grasiento, las uñas con una cantidad de mugre que bien podía haber estado sin limpiar desde su niñez. Parecía que no le agradaba que estuviera allí, apenas me habló, me lanzó un gruñido que interprete por un qué quieres tomar, le pedí la cerveza y se la pagué en el momento, evitando cualquier asunto que me retuviese a aquel lugar.

Fue entonces cuando la vi a ella. A oscuras, en la esquina de la barra, se adivinaba una mujer. Miraba el fondo de su copa de alcohol como si en aquel vaso se encontrara toda su existencia. Absorta, casi sin respirar, como si fuera tan sólo el maniquí de cualquier tienda que luce un modelito de saldo. Su pelo era del color de las avellanas, liso, sin vida, casi sin respirar. Sus brazos raquíticos tendidos sobre la barra se continuaban en unas manos delicadas, poseedoras de las que podrían ser las mejores caricias del mundo.

No sabía por qué, pero no podía dejar de mirarla. Quizá fue por lo extraño de encontrar a una mujer en aquel sitio o por aquella manera suya de ignorar todo a su alrededor, encontrando la quietud en un sitio tan grotesco, pero fue imposible apartar mis ojos.

Levantó la cara. Y me miró. Y la miré. Sus labios eran finos, sin beso. No podía ver sus ojos. El camarero le rellenó la copa sin preguntar, por lo que parecía un hábito, ella volvió a bajar su mirada al vaso.

Me pedí otra cerveza, y me hubiera pedido cien más si hubiesen sido necesarias para descubrir cómo eran sus ojos. Y me acerqué. Sin pensarlo muy bien me encontré andando hacia ella, sin saber si quiera qué le iba a decir. Me senté en el taburete que había a su lado, y esperé.

Esperé una cerveza, y otra, y otra más, hasta que al final, levantó la mirada, y vi sus ojos negros, con un resquicio de brillo, con una chispa de esperanza que se negaba a caer olvidada en aquel vaso de alcohol.


-¿Quieres algo?- preguntó desafiante. Su voz era grave.

-No.

-¿Y por qué no te vas y me dejas tranquilita entonces?


Me callé. La ignoré. Me pedí otra cerveza y esperé. Esperé el discurso que sabía que vendría.

-Oye mira, si estás buscando una tía, ahí enfrente hay un puticlub maravilloso, además tú tienes pinta de tener pasta, no creo que estés bebiendo aquí porque te guste el sitio.


-¿Y tú? ¿Tú por qué estás bebiendo aquí?


Y entonces, hizo lo impensable, lo que nunca hubiera imaginado. Sonrió. No mucho, la curva mínima para que se pudiera considerar sonreír, la curva suficiente para que yo supiera que me habría pasado la vida entera en aquel antro con olor a orín, simplemente admirando el perfil de su sonrisa.

Ni si quiera me contestó a la pregunta. Empecé a hablarle de mí, en lo que parecía un intento patético de ligar con ella, y que en realidad estaba más cerca de eso de lo que yo creía. Le conté que era traductor, que vivía sólo en un estudio porque no tenía dinero para pagar un piso en condiciones, que tenía un hijo de dos años al que su madre se había llevado a Suiza cuando nos divorciamos sin apenas decirme nada, en fin, qué se yo, estupideces que no le importaban a ella y que a mí casi tampoco lo hacían ya.

Pasé de las cervezas a las copas, y tres copas en aquel sitio de mala muerte me costó que ella empezase a hablar. Había dejado de llover hacía rato.


Se llamaba Ángeles, y odiaba su nombre. Criada en una familia bien avenida e hija de militar había crecido bajo el mando de la disciplina y el saber estar, le habían enseñado las conductas más aceptables socialmente y se había aprendido el catecismo de cabo a rabo. Desde pequeñita siempre había sido la mejor estudiante de la clase, suspicaz, astuta, inteligente, siempre con algo mordaz que decir, los ojos alegres, aquellos ojos ya no tan alegres de los que yo me había enamorado irrefrenablemente aquella noche y que no podía parar de mirar. Guapa, la que más, y con la consecuencia que ello traía, numerosos pretendientes que bebían los vientos por ella y a los que sus padres se encargaron de seleccionar cuidadosamente para encontrar el mejor. A los dieciocho años, edad en la que comenzó sus estudios de Medicina comenzó a salir con el hijo de un amigo de sus padres, Mario, un muchacho guapo, adinerado, que estaba completamente atontado por salir con ella y que iba a comenzar los estudios de Derecho y Ciencias Políticas. Para la familia de Ángeles las cosas no podían ir mejor.

Todo se truncó el día que llegó embarazada a casa, con veinte años, con el amor corriendo por sus venas y un hijo fruto de él en sus entrañas, hijo, que por supuesto, no era de Mario, sino de un tal Jacobo que había conocido en un bar, que no tenía ni oficio ni beneficio, y tampoco dónde caerse muerto. Según me contó ella, la bofetada que le dio su padre aún le acaloraba la mejilla cuando la recordaba. Ángeles se fue de casa, su propio padre intentó que frenase aquel embarazo (aún estando en contra de sus principios religiosos) y que la vida siguiese tal y como había sido hasta entonces, lejos de aquel Jacobo que acaba de aparecer para arruinarle la vida a él y a su pequeña. Ángeles se negó y se marchó de casa, agarrando muy fuerte la mano del amor de su vida y acariciando su vientre en espera.

Fueron felices. Se casaron solos en una pequeña iglesia. La niña nació, una niña preciosa a la que pusieron el nombre de Elena. Jacobo trabajaba en lo que le iba saliendo, y Ángeles limpiaba casas en el tiempo que podía sacar de cuidar a la niña, vivían los tres en la habitación de una pensión y compartían las pocas alegrías que les daba el día a día tomando un refresco en una plaza o saliendo a jugar al parque con Elena. Tenían unos ahorros, y estaban pensando en buscar otro sitio más acogedor para vivir.

Una tarde, paseando por la calle, Ángeles se dio cuenta de que un hombre les seguía, le preguntó a Jacobo, y él le dijo que se adelantara con la niña, que él se encargaba de todo. Cuando doblaron la esquina Elena se soltó de su mano y salió corriendo a buscar a su padre. Ángeles salió detrás, y llegó justo a tiempo para ver, cómo aquel hombre, disparaba a bocajarro, primero hacia su hija, después hacia su marido. Un hombre con un tatuaje de una serpiente enroscada a una espada en el antebrazo. Los dos cuerpos se desplomaron. Ángeles no pudo soportarlo y se desmayó.

Cuando despertó le contaron que su marido estaba metido en negocios de droga, que había intentado traficar para conseguir algo más de dinero para ellas, y que el negocio le había salido mal y estaba endeudado. Que aquel tipo tenía que saldar esas deudas. Que lo de su hija había sido un accidente. Nada importaba ya.

Diez años habían pasado desde entonces. Diez años en los que Ángeles había masticado el dolor y el rencor. La pérdida de su hija y de su marido. La pérdida de su vida. Diez años sin existir, casi sin respirar, que le habían llevado a sentarse aquel día, en la barra de aquel bar.



-Así que si tu pregunta es por qué bebo yo, bebo por eso. Para recordar, para que no se me olvide ese tatuaje con la serpiente verde y la espada negra, en ese brazo que me arrebató mi vida. Bebo para tener el valor que me hace falta para sacar la pistola que llevo en el bolso y hacer lo que llevo diez años esperando hacer.

Lo que pasó después lo recuerdo de manera difusa. El camarero guardó las botellas que quedaban por la barra y dijo que iban a cerrar, serían aproximadamente las cinco de la mañana. El hombre del tatuaje se levantó y se acercó a la barra para pagar lo que debía. Me miró fijamente a los ojos, con una mirada color hielo que nunca seré capaz de olvidar. Ángeles metió la mano en el bolso mientras el salía hacia la puerta, y gritó su nombre, él se giró, pero ya estaba preparado, llevaba otra pistola en la mano. Y disparó hacia ella y hacia el camarero. Me abalancé sobre él y le derribé, la pistola cayó al suelo, pero las balas ya habían alcanzado a sus destinatarios. Creo que hubo un forcejeo en el suelo, él estaba sobre mí, pero pude estirar la mano y alcanzar la pistola. No sé cómo lo hice, no sé de dónde saqué el valor, ni siquiera el modo en qué disparé.






Lo maté.






Cuando me levanté me parecía que estaba en un sueño. Un hombre, al que acababa de matar yacía en el suelo, el camarero estaba sobre la barra, dejando un charco de sangre encima de ella. Me acerqué a Ángeles, acaricié sus labios finos, sin beso, ahora pálidos y fríos. Recordé su sonrisa, la última sonrisa de su vida y que había causado yo. Cogí la pistola y me marché.






Amanecía.






Llegué a casa intentando poner orden en todo lo que había sucedido aquella noche, pensando en qué lugar me correspondía estar, si acaso había sido un justiciero o tan sólo un asesino que también merecía tener un tatuaje. Me dormí pensando en la mujer del pelo color avellana, en el brillo de sus ojos que se resistía a desaparecer.


Poco a poco me fui abandonando al sueño, muy despacito. Casi sin respirar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Recuerda.


Una vez más el día le regala unos segundos, unos minutos con algo de suerte, para poder observarla dormida, tranquila a su lado. Le encanta despertar por las mañanas antes de que ella lo haga, abrir los ojos y sentir su paz, sin que ella le vea, con tiempo para observarla sin ser visto, disfrutando de la exclusividad de ser su única audiencia secreta.

La contempla.

Ve su piel. La ve pálida, arrugada, casi marchita. Y la recuerda. Recuerda la piel suave que ha acariciado durante toda su vida, aquella que podría distinguir entre un millón de mujeres, la que sus manos son incapaces de olvidar a base de recorrerla y dibujar su cartografía. Su piel tersa, caliente. Su piel.

Ve su pelo, blanco como la nieve, cortado sin gracia por sus propias manos, sus manos de piel, manos de memoria. Y recuerda su pelo, su trenza larga con sus hebras  de oro. Su pelo en su pecho, en sus manos, en sus caricias.

Sus ojos cerrados donde se oculta el verde de la hierba recién cortada. De su olor. El olor de las flores.
Sus ojos, esos, los que nunca antes se apartaban por el miedo, por la rabia o la vergüenza, pero sí cuando descubría la mentira. Ahí sí que se apartaban.

La mañana generosa le permite que se fije detenidamente en sus labios. Los ve agrietados, secos, durmientes. Y los recuerda. Los recuerda porque él puede recordar. Los recuerda en aquel puesto de castañas asadas de Madrid, un domingo por la tarde, cuando le robó el primer beso de los muchos que vinieron detrás. Y qué beso. Un beso caliente y frío, húmedo y seco. Y áspero. O suave, muy suave. Cada vez el recuerdo cambia. Porque eso hacen los recuerdos, cambiar. Porque la memoria es caprichosa.

Y ese capricho es el que hace que una vez ella se olvidase de cómo regresar a casa. Y ese capricho es el que hace que comenzase a fallar jugando al dominó, una tarde en el patio de la casa, como siempre hacían. El mismo capricho que hizo, que ella le echara de casa aquel día que él le trajo una docena de pasteles para su aniversario, porque no sabía quién era ese extraño. Ese mismo capricho.

Y entonces ella abre los ojos. Y le ve a él. Y sonríe. Sonríe mucho, tanto que casi se ríe. Porque recuerda Madrid, y castañas asadas. Si. Está viendo castañas asadas. Y sonríe. Y recuerda.

Y como cada día, él se lo vuelve a decir. Como cada día. Sin saber que es el último que lo hará.

-Buenos días, alma mía.

Y ella sonríe.

Castañas.