domingo, 31 de julio de 2016

Domingos

Te fuiste un domingo, un domingo por la tarde. Aún recuerdo tu cara mojada  diciéndome adiós, tu maleta saliendo por la puerta en un giro tímido, atascándose, queriéndose quedar. Como tú. Que también te querías quedar. Pero no podías ya. 

Te fuiste un domingo fatídico y de nada sirvió que te siguiese. De nada sirvió decirte que cambiaría, que no lo volvería a hacer más, que dejaría de salir, que dejaría de beber, que dejaría de llegar borracho a casa oliendo a perfume de mujer. 

Me mirabas con tu alma, penetrando hasta el fondo de la mía. Vi decepción, hartazgo, impotencia, rabia. Vi amor. Y vi liberación. Ni una pizca de miedo, el miedo sólo salía de mis ojos. Lo gritaban los poros de mi piel. 

Te marchaste un domingo por la tarde, uno de esos como los que solíamos pasar encargando comida basura y jugando entre las sábanas hasta saciarnos el uno del otro. Un domingo de esos de tomar un vino en el sofá. De esos que se nos habían acabado desde hacía tiempo y que fueron sustituidos por gritos, enfados y jarrones volando que acababan estampados contra la pared. 

Ahora no se qué haces los domingos. No sé si pides comida basura, o si juegas entre las sábanas con otro que no soy yo. A lo mejor los domingos aún piensas en mí. A lo mejor hoy, que es domingo, tu también te acuerdas de lo cretino que fui.

Seguro que ya no vuelan jarrones. Seguro que ya eres feliz.


viernes, 8 de julio de 2016

Esto no es un relato

Esto que voy a escribir  no es un relato, y sin embargo es algo que me es inevitable contar.

Hace algo más de dos meses llegué a Granada con una mochila que iba cargada hasta los topes. Era una mochila cargada de ganas, si,  pero también cargada de miedos, de dudas, de pasado, de incertidumbre y de sombras. Y el peso de esa mochila, era más que insostenible.

En estos dos meses he llorado, he reído, me he emocionado, me he sentido sola en unos momentos y tremendamente acogida en otros. Me he perdido para encontrarme, para enfrentarme a mí misma y llamarme por mi nombre. He encarado mis miedos y he descubierto otros nuevos en los que nunca había reparado.

He mirado a los ojos a mis privilegios de clase, y me han devuelto una mirada llena de escozor.

Mañana madrugo para volver a casa y lo cierto es que me muero de ganas. Es hora de hacer el equipaje y volver a llenar esa mochila, que mucho me temo que va a pesar muchísimo más en este viaje. Va tan repleta de cosas, que no si podré con ella.

Me llevo seguridad y confianza. Sentirme capaz. Me llevo la hospitalidad de Ana Carmen, de Pilar, de Almu y de Eva. Me llevo los nervios del primer día, el no saber si vas a hacerlo bien, el pensar “estos niños a mí me superan”, y el descubrir al final que no, que no te superaban.

Me llevo esa sonrisa con los ojos que compartí con Ana el primer día, el dibujo de Isabel, el día que Reme me cogió del brazo para hablar de la pubertad. La risa sonora de Ángel cuando le conté aquel chiste, el día que hicimos su diario juntos.  Me llevo el día que fuimos a las colchonetas, masticar la peculiaridad de unos niños que no podían ser otra cosa que ellos mismos, el día que Diego se agarró de mi brazo para no soltarse. Me llevo a Gloria, enterita. La fiesta del cole. El día que consolé la angustia de Leti. Bailar con Ainhoa. Jugar al futbolín. La conciencia social de Roberto y el día que le regaló a Leti una flor con forma de corazón. Picarme aprendiendo las capitales con Adrián, la timidez de Antonio, los interrogatorios de Óscar, la zalamería de Pablo. La bondad de Pedro. El día que pintamos el mural. Jugar a la oca con Luís. Maehtra. El buen rollo trabajando de Víctor, el cariño de Michel, la cercanía de Juanma. Los juegos de agua.

Me llevo el Albayzin, su olor y sus rincones, sus calles empedradas, sus flores y terrazas. El choque de culturas y esa guitarra perenne que no para de sonar. Me llevo la Alhambra grabada en la retina.

Acabar de cervezas con completos desconocidos que encontraste en una plaza diez minutos antes. Cerveza, cerveza y más cerveza, incluida esta última que me tomo al escribir estas líneas. Escribir en cualquier rincón.

Amigos a los que no les importan los kilómetros para venir a verte. Festivales. Reencuentros. Recitar poesía en un bar lleno de gente. Saber qué es lo que quiero. María Lunasol y la torre de Comares. El hippie del mirador de San Nicolás. Shawarmas y la sopa árabe a la que te invita su propietario.

Sentirme querida. Maehtra, otra vez.

Me llevo la mochila cargada de optimismo y de ilusión, de ganas de disfrutar y cargar las pilas. De rodearme de gente que me quiere y a la que quiero. Calma. Saber que las cosas saldrán bien, que se fueron las sombras y que ahora hay luz.

El corazón, cargadito cargadito de las sonrisas de esos niños, sus ojos que brillan y su energía inagotable. El corazón cargadito de maehtra, y de esa guitarra eterna que siempre suena en el Albayzin.

Si  Granada fuera mujer tendría tus ojos, morena.
Tendría una piel verde aceituna y unas manos finas para bailar al son de esa guitarra eterna que resuena en los muros de esta ciudad.
Deseada por todos, conquistada por nadie.
Ciudad costosa, de desafíos, de encuentros y desencuentros.
Granada, mujer fuerte y luchadora. Sabia desde la calma.
Mujer pasional, con carmín de labios y ojos negros de mirada firme que no se acobardan al mirar al futuro.
Granada, mujer valiente, mujer bravía, que una vez conocida nunca puedes olvidar.
Granada bruja y hechicera
libre, fiera y salvaje.
Granada, ya mi Granada.


martes, 14 de junio de 2016

Aquella noche

No dijiste nada que no fuera cierto aquella noche.

Mientras la lluvia caía fuera y tu y yo hacíamos trinchera en mi edredón me susurrabas las palabras más bonitas y más sinceras de amor.

Aquella noche prometimos besarnos las lágrimas cada atardecer, prometimos contarnos las arrugas, descifrar el porvernir. El porvenir, nunca vino, se quedó a mitad de un camino en el que tropezamos sin querer.

Aquella noche, mientras llovía, todo lo que dijiste era cierto, el problema fue que yo me lo creí.

domingo, 15 de mayo de 2016

Gitana mía

Conocí a tu padre hace ahora treinta años. Yo estaba sentada en una terraza al sol, en la Plaza de las Minas. Él tocaba una guitarra en la misma plaza, con la funda de la guitarra abierta a sus pies, recogiendo las pocas monedas que los transeúntes querían echar. Recuerdo qué tomé esa tarde: dos cafés, una cocacola y una copa de licor de miel. Cuatro horas escuchando a tu padre tocar, esperando que terminase su turno para ver si con algo de suerte, reparaba en aquella chiquilla de veintidós años que había consumido más cafeína de la cuenta sólo por oírle tocar.  Cuando terminó se acercó a mi mesa. Me invitó a cenar con lo que había sacado tocando aquella tarde. Una ración de queso y otra de boquerones fritos.

Aquella misma noche hicimos el amor por primera vez.

El tenía diez años más que yo. Me contó sobre Carmen, su primera mujer a la que perdió tan sólo un año después de casarse. Supe que a mí nunca me amaría igual que a ella. Vi la cicatriz en su corazón, que seguía doliendo a pesar de haber dejado de sangrar.

Tu padre comenzó a dar clases de guitarra y yo a vender artesanía en una pequeña tiendecita del barrio. Nos mudamos de casa poco antes de quedarme embarazada de ti. Una casa pequeña, sin lujos, con un patio que pronto llenamos de geranios. Un rincón de paz donde nos tomábamos un aperitivo antes de cenar.

La vida transcurría tranquila entre flores y el eco de una guitarra. Naciste tu. Te llamamos Carmen.

Envejecimos felices, amándonos cada noche. Todas las noches.

Me gustaría decirte que sé cuál fue el motivo de su marcha, que sé por qué aquel dos de Junio nos levantamos y el ya se había ido, con la intención de nunca volver. Me gustaría poder sacarte de la oscuridad que se instala en ti cuando sin saber por qué pierdes lo que más quisiste en la vida.

Sólo se llevó su guitarra.

Me pasé noches enteras en vela, esperando oír sus cuerdas tocar en nuestra ventana, pero jamás regresó. No que yo supiera.

Aún hoy recuerdo aquel plato de boquerones, aquella sonrisa cuando me decía gitana mía, el brillo de sus ojos al verte sonreír.

Aún hoy me preguntó qué fue aquello que le llevó a marcharse, a abandonar nuestras tardes de sol en el patio de los geranios, a dejar nuestra vida feliz. Aquel dos de junio maldito en el que la vida acabó para mí.

Tengo la certeza de que aún sonríe cuando dice gitana mía, y de que sus ojos brillan cuando piensa en ti.



lunes, 21 de marzo de 2016

Intentarlo

Todas esas cosas que intentamos. Intentar me parece una palabra con un matiz agridulce, pues en ella se dejan ver todas las ganas, todo el esfuerzo, todo el empeño y el anhelo de la consecución de un deseo, y a la vez se manifiesta la incertidumbre de que todo ese esfuerzo, ese trabajo, se quede, en nada más que en eso, en un deseo insatisfecho, en energías destinadas en vano a una empresa que muy probablemente, no se alcanzará.


“Inténtalo mujer”, eso te dicen. No te dicen “ vamos, consíguelo, mujer”. Intentarlo no es más que la palabra que escoge nuestro miedo a fracasar cuando necesita dar un discurso. Intentarlo es asumir la posibilidad del fracaso, es la duda de nosotros mismos. Intentarlo es considerarnos incapaces, es un quiero pero ah!, quizás no. Por eso, parafraseando una conocida película norteamericana, yo te digo vamos, ve, sal ahí. Hazlo. O no lo hagas si no quieres. Pero no lo intentes. 

miércoles, 29 de abril de 2015

jueves, 6 de junio de 2013

Tres dientes.

Tres dientes tenía mi prima María. Tres. Se los partió la pobre cuando jugábamos en el patio de la tita Petra, a los ocho años. Estábamos intentando pillar a su hermano pequeño para tiznarle la cara con la grasa de la sartén, y cuándo estábamos a punto de cogerle, María tropezó con la caja de herramientas de mi abuelo y se cayó de boca contra el tranco de la puerta. Con la boca llena de sangre me decía “Rosa, cógelo tú  y lo atas, que cuando me curen la boca le dejamos la cara negra”. Yo tan chica como era no podía coger  a mi primo, así que al final se quedó con la cara sin teñir.

Y con tres dientecitos se quedó la María, porque claro, las cosas en mi familia no estaban como para tirar cohetes, que acabábamos de salir de una guerra y no podía ir uno derrochando los dineros en arreglarle la boca a la niña.

Así que mi prima María creció con sus tres dientes. Y le crecieron unos ojos como dos faroles. Y unas trenzas rubias que le llegaban a la cintura. Las piernas finas y el cuerpo esbelto. Un primor. Pero claro, tres dientes. Tres nada más. La María la mellá, le llamaban en el pueblo. Y mi prima, que se había pasado la vida riendo y  haciendo de reír, se dio cuenta de que espantaba a los demás cuando abría la boca.

Y así fue como mi prima perdió la risa y casi la voz. Sólo hablaba cuando estaba conmigo, que total Rosa, tú no te vas a asustar por verme la boca esta de vieja que se me ha quedado. Eso me decía. Yo le regañaba, porque le decía que una vida sin risa ni era vida ni era nada, y más con lo guasona que había sido ella.

Al final María comenzó a reír, sin que nadie se lo dijera, lo hizo cuando ella quiso. Y se reía a carcajadas, enseñando bien sus tres dientes. “Qué pa’ tres dientes que tengo los tendré que lucir bien”, eso decía, y cuánto más lo decía más se reía. Y volvió a ser un primor.


 Sin dientes. Con risa.